mujer pensandoTenía 16 años, estaba sentada en mi escuela en el Upper East Side cuando llegó el dolor.

No era una molestia leve. No era algo que se pudiera ignorar.

Era ese tipo de dolor que te obliga a parar todo.

Recuerdo que tuve que irme temprano, tomar el tren 6 hacia downtown yo sola. Iba sentada, encorvada en mi asiento, tratando de aguantar—probablemente asustando a las personas a mi alrededor.

No podía sentarme derecha. No podía pensar con claridad. Solo quería llegar a casa.

Mis padres estaban preocupados, claro, pero también confundidos. Y si soy honesta, hubo momentos en los que sentí que estaban más enfocados en qué yo había hecho para terminar en esa situación.

Esa parte la dejamos para otro momento.

A los 16, no tenía las palabras para explicar lo que estaba pasando.

Aprendiendo a vivir con el dolor

Y aun así, hice lo que muchas hacemos. Seguí adelante.

En la escuela. En la universidad. En mis 20s.

Había meses más llevaderos y otros no tanto. Pero me acostumbré a organizar mi vida alrededor del dolor—de mi ciclo, de esos días en los que sabía que no iba a poder rendir al 100%.

Pensaba que simplemente tenía “periodos muy fuertes”.

Cuando intentar quedar embarazada lo cambió todo

No fue hasta mis 30s, cuando empezamos a intentar quedar embarazados, que algo empezó a sentirse diferente.

Al principio fue lo típico: dale tiempo. Luego pasaron meses. Y más meses.

Hasta que mi ginecóloga me recomendó ver a un especialista.

Esa recomendación lo cambió todo.

Respuestas a los 33

El especialista recomendó una laparoscopía.

Para ese momento, ya llevaba más de una década viviendo con ese dolor. No sabía que esa cirugía sería el momento en que todo finalmente tendría sentido.

Tenía 33 años cuando desperté con respuestas.

Endometriosis.

Y no solo eso—mi trompa de Falopio derecha estaba completamente bloqueada y tuvieron que removerla.

Quince años de dolor explicados en un solo procedimiento.

Pero también con una pregunta que no podía ignorar: ¿Por qué tomó tanto tiempo recibir respuestas?

FIV

Después de la cirugía, comenzamos el proceso de fertilización in vitro.

Y quedé embarazada. Pero esa alegría duró poco.

A las seis semanas, supimos que el embarazo no era viable.

Aun así, algo dentro de mí sabía que no había terminado.

Lo que me ayudó en el camino

Comencé a explorar un enfoque más integral.

Y con el tiempo, se convirtió en una parte importante de mi proceso.

La acupuntura. Las hierbas chinas.

No son soluciones mágicas, pero sí prácticas constantes que me ayudaron a manejar el dolor, regular mi cuerpo y sentirme más conectada conmigo misma.

También incorporé compresas de aceite de ricino, una alimentación más limpia y antiinflamatoria—más pescado, más vegetales verdes, menos alimentos procesados—y aprender a bajar el ritmo y escuchar a mi cuerpo.

Fueron pequeños cambios, pero con el tiempo hicieron una gran diferencia.

Por qué comparto esto

Marzo es el mes de concientización sobre la endometriosis, y se siente como el momento correcto para compartir esta parte de mi historia.

Porque la realidad es que muchas mujeres están viviendo con esto y ni siquiera lo saben.

Y en nuestra comunidad, no siempre se habla de estos temas.

La infertilidad, la salud reproductiva y ser mamá más tarde en la vida siguen siendo temas poco hablados en la comunidad latina. Hay silencio. Incomodidad. A veces hasta vergüenza.

Por eso creé Soy Nueva Mamá—para abrir estas conversaciones en español, de una manera real, honesta y cercana.

Porque si no hablamos de esto, no nos ayudamos a encontrar respuestas más pronto.

Del dolor al propósito

Hoy, como mamá primeriza después de los 40, miro a esa niña de 16 años en el tren con mucha más compasión.

Y comparto esto por ella… y por cualquier mujer que todavía esté buscando respuestas.

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